Frontera: el lavado de manos de Correa es total

Rafael Correa sabe que el tema de la frontera norte, con siete muertos y dos nuevos secuestrados, resucita muchas carpetas que fueron hábilmente archivadas en su gobierno. Carpetas que lo salpican a él y a su gobierno y por las cuales el presidente Lenín Moreno ha pedido, entre otras cosas, que se investigue si hubo dinero de las FARC en la campaña electoral de 2006.

La frontera norte es uno de los frentes más vulnerables para Correa. Por eso, ha emprendido, al igual que sus troles, una campaña de mentiras, medias verdades y tergiversaciones destinadas a ponerlo a salvo. A pretender borrar hechos, políticas y declaraciones que muestran su relación con las FARC. Sus troles han llegado a sostener, en ese sentido y contra toda evidencia, que Guacho no fue miembro de las FARC, sino paramilitar.

Vincular a Correa con las FARC es endosarle la responsabilidad plena de lo que está ocurriendo. Él lo sabe. Lo lee a diario en las redes sociales en las cuales tanto navega. Por eso invita, por ejemplo, a los medios a que interroguen a sus ex colaboradores. Que pregunten a ministros de seguridad interna y defensa si en su gobierno permitieron el narcotráfico o hicieron acuerdos con las FARC. Correa los pone así entre la espada y la pared: si dicen la verdad, se auto incriminan; si mienten, endosan toda la responsabilidad a Moreno. No cita a todos sus ex ministros sino únicamente a aquellos que hacen parte de este gobierno: Miguel Carvajal, María Fernanda Espinosa y César Navas. O aquellos que fungen de aliados, como Gustavo Larrea. El resto de su estrategia es totalmente previsible: hacer creer que todo esto era previsible porque se sabía que habría rezagos del proceso de paz en Colombia.

Correa insiste en volver coyuntural un problema estructural que él conocía, permitió y dejó agravar. Y presiona a Moreno erigiéndose en experto, diciendo lo que toca hacer, haciendo creer que esto es un asunto de delincuencia común y no una guerra planteada por los carteles del narcotráfico de los cuales hacen parte las FARC. Qué estadista: en un tuit pide que no se arriesguen más vidas. Como si alguien estuviera jugando a la ruleta rusa. ¿Qué propone? ¿Ceder?

Correa sabe lo que le sube pierna arriba. Apenas hay que asomarse a las redes sociales para ver con qué celeridad los ciudadanos han rescatado los videos en los cuales el Mono Jojoy  y Raúl Reyes, dirigentes terroristas de las FARC, dieron cuenta del apoyo en dólares a su campaña electoral (2009). O lo felicitaron por su triunfo (ese video circuló en 2008).
Solo hoy el país puede medir el cinismo que tuvieron él y Ricardo Patiño para responder la confesión del jefe guerrillero. Los dos llegaron a decir que alguien había engañado a las FARC y que quizá ese grupo había entregado esa plata a alguien que se hizo pasar por delegado de Correa. Los dos dijeron que la difusión del video hacía parte de una tramoya “para tratar de desprestigiar a su gobierno” y que su objetivo era “echar abajo un proyecto político latinoamericano”. Correa se victimizó, habló de desestabilización, dijo que tras Manuel Zelaya, el presidente destituido en 2009 en Honduras, seguiría él… Y pasó la página. El gobierno nunca respondió por Jorge Brito, un ex coronel que apareció en los documentos de word, hallados en la computadora de Reyes, tras su muerte en Angostura en marzo de 2008, como un emisario de Correa ante las FARC. Brito se había ocupado de temas de seguridad durante la campaña electoral de Correa en 2006. En esos mismos correos, Reyes escribió, en febrero de 2007: “Es necesario que Correa apoye la exigencia del desmonte de la Base de Manta (…) ni un soldado yanqui en nuestra América”.

Correa niega toda relación con las FARC. Pero hay coincidencias fatales para su defensa: no pudo diluir la aseveración de las FARC según la cual envió dinero para su campaña y concluyó acuerdos con él. La Base de Manta fue desmontada. Raúl Reyes estaba absolutamente instalado en Angostura. Nunca tildó de terrorista a las FARC a pesar de su cadena tétrica de secuestros, atentados y asesinatos. En ese momento circulaban cifras en Colombia, del Centro Nacional de Memoria Histórica, que decían que de los secuestros cometidos en 40 años, el 37%, (14 000) fueron obra de las FARC. Por supuesto nada oyó de las minas antipersonales puestas por las FARC que mataron, entre 1990 y 2013, 10.445 personas. Ni de los niños usados como correos-bomba por las FARC…

¿Cómo podía Correa no llamar terrorista a una organización que puso, el 7 de febrero de 2003, 200 kilos de explosivos en el Club el Nogal, en Bogotá, causando 36 muertos y más de 200 heridos? Un año antes, esa misma organización propició la masacre de Bojayá, en el Chocó, provocando la muerte de 119 civiles, encerrados en una iglesia: fueron atacados con un “cilindro-bomba”. También en 2002, las FARC secuestraron a 12 diputados del Valle: 11 fueron asesinados por la espalda en cautiverio y el único sobreviviente estuvo siete años secuestrado.

Las FARC son un movimiento irregular, dijo Correa, y no terrorista. Y dijo que así lo calificaba para no dar gusto a Washington. Correa desconoció los informes periodísticos, de Estados Unidos o de su propio servicio de inteligencia que mostraban lo que estaba ocurriendo en las selvas de la región amazónica ecuatoriana: las Farc la usaron como zona de descanso y patio trasero para traficar y esconder secuestrados.

Hoy puede decir que todo empezó con el gobierno de Moreno porque durante su gobierno no pasaba nada. Hay evidencias para decir que no pasaba nada contra la población civil porque durante el gobierno de Correa se cerró los ojos sobre la implantación de los narcotraficantes en el norte y en el sur del país. Ahora él y sus troles, como es

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