Así queda el Ecuador tras los asesinatos

El asesinato de Javier Ortega, Paúl Rivas, Efraín Segarra, comunicado hoy por el presidente Lenín Moreno, parte la realidad nacional en un antes y un después. 4P. pone en evidencia seis de esos escenarios nuevos.

  1. El país está en guerra: en menos de 20 días, el panorama nacional cambió totalmente. El gobierno de Lenín Moreno, puesto ante la pared, declaró una guerra que las circunstancias nefastas –en las que ha habido atentados, militares muertos y periodistas asesinados– tornaron inevitable. La tensión no se limita a la franja fronteriza. El país, en su conjunto, se halla movilizado y expuesto a la obra de mentes criminales. Ecuador ha dejado, desde anoche, de ser lo que era: está frente a un fenómeno que no conoce y para el cual no está preparado. Las acciones coordinadas que llevará a cabo con Colombia en el norte pueden ser efectivas, pero no lo ponen al abrigo de una amenaza que no es convencional y cuyas operaciones son imprevisibles.
  2. Carrera contrarreloj en el frente militar: el país tiene serios retrasos ante una amenaza que requiere una preparación y un armamento diferentes. Se asiste aquí a una ruptura total, y en todos los puntos, con el correísmo que acabó las alianzas tradicionales del Ecuador, desmanteló la estructura militar y compró armamento más pensando en la cartilla ideológica que en la eficiencia militar. Ecuador tiene que contratar armamento de última generación de Estados Unidos y aceptar su colaboración logística y tecnológica. Tendrá que aceptar colaborar y coordinar realmente con Colombia y otros países si quiere rehacer, en forma tan urgente como sea posible, su servicio de inteligencia y otros mecanismos de intervención propios de la guerra planteada. La nueva situación requiere nuevos mandos; enfocados en la eficiencia de la tarea y no, como ha sido el caso en estos años, en su nivel de sometimiento al aparato político del correísmo.
  3. Un Presidente que luce solo y sobreexpuesto: Lenín Moreno por su función y por su circunstancia política se convirtió en el reducto más confiable del gobierno para la opinión. Esto, que luce bien para su mercadeo político es, en realidad, su mayor debilidad y un peligro en la etapa desenfrenada en la que entró el país. Un presidente tiene que tener fusibles. La sobreexposición revela, en realidad, su soledad en un gobierno cuyos principales actores están, para una inmensa parte de la opinión, bajo sospecha. Empezando por la vicepresidente y su entorno, adictos a los gobiernos cubano y venezolano que han protegido y defendido grupos narcoterroristas como las FARC. En realidad, la nueva situación del país implica para ella y otros ministros con alto entronque correísta, dejar su bagaje ideológico en sus armarios.
  4. Los ministros clave están caídos: César Navas, Patricio Zambrano y María Fernanda Espinosa, cuestionados desde su nombramiento, están caídos. Esta crisis los dejó sin ese capital político que es tan necesario para establecer un nexo de confianza con la nación. A juzgar por la rueda de prensa de los ministros Navas y Zambrano el jueves en la noche, su palabra perdió todo valor. Se les vio más preocupados por fabricar un relato para culpar a Colombia –lo mismo hizo la Cancillería– que a construir con el vecino una estrategia técnica y pragmática para enfrentar el problema. Lo cierto es que esos ministros, tan claves en la actual coyuntura, no son fusibles para el Presidente. Hecho curioso: es él quien los arropa con su popularidad. El Presidente no puede enfrentar una etapa tan crucial y compleja con ministros sin credibilidad y sin capacidad de convocatoria. Nadie creyó en las lágrimas de la Canciller.
  5. El país requiere unidad: es difícil imaginar una cohabitación criolla de las principales fuerzas políticas con el gobierno de Lenín Moreno. Pero no tienen otra posibilidad, pues a la agenda pública y básica del país se agrega, ahora, este intrincado y doloroso tema de la seguridad. El país tiene que encarar esta guerra en un momento en que tiene que asegurar la reinstitucionalización democrática y llevar adelante el plan económico. El gobierno de Moreno encarna, hoy más que nunca, el rol de un gobierno de transición que las fuerzas políticas tienen que apoyar y sostener en esos puntos fundamentales. Esto crea una situación inédita que desafía al gobierno y a la clase política en su conjunto. Por eso, la única foto que hace falta en este momento de turbación nacional es la del Presidente reunido con todos los líderes políticos representativos en el país. Ese acuerdo y esa fotografía son necesarios.
  6. El correísmo se suicidó: la grave crisis en la frontera indica el fin de un status quo ante. Algunos cerraban los ojos y nada pasaba. Todas las miradas están dirigidas hacia Rafael Correa y la actitud permisiva (como la calificó Moreno) de su gobierno en esa zona. El correísmo no solo sale señalado sino abiertamente sindicado. Hay centenares de evidencias que circulan en redes sociales. Se recuerdan los videos del Mono Jojoy (hablando sobre el dinero aportado a la campaña) y Raúl Reyes (felicitándolo por el triunfo de la Constituyente). O las expresiones de camaradería con las FARC y su oposición a calificarlas de terroristas. Correa nada hizo para contrariar una situación explosiva en la zona que su gobierno conocía.
    Nada hizo. Además él calló y los suyos se burlaron del secuestro, acusaron a la prensa y al gobierno de fingir el secuestro, les pareció adecuado plagiar el #Nosfaltan3 y convertirlo en #Nosfalta1 para referirse al corrupto Glas. Y, ahora, tras el asesinato confirmado, Correa se dice compungido… El hecho cierto es que el correísmo está más que nunca sindicado. Y que este tema ingresó a la larga lista de cuentas que el país tiene con Correa y los suyos. Si pensaban desestabilizar a Moreno y convertirlo en árbol caído para avivar los rescoldos de su movimiento, se equivocaron.

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