Los niños refugiados rohingya, abocados a la radicalización

Cuando los primeros rayos de sol iluminan los campos de refugiados rohingya, las miserables callejuelas comienzan a llenarse de niños. Somnolientos, con sus ropas atusadas, los pequeños se dirigen ordenadamente a las madrasas sosteniendo dos pertenencias: un ejemplar del Corán y un rihal (tarima donde reposa el libro, para evitar tocar el suelo) de plástico.

Los críos encaminan sus pasos al chamizo -el más grande del campo- que ejerce las veces de mezquita y de escuela coránica: su única fuente de estudio y conocimiento viene, precisamente, del Islam.

Para la comunidad rohingya refugiada en Bangladesh (entre 300.000 y 500.000 repartidos en seis campos desde 1978) la madrasa sustituye a la escuela; para los rohingya dentro de Birmania, en su estado natal de Rakhine, la escuela no existe porque las autoridades birmanas les prohíben el acceso a la educación y la asistencia a la madrasa es a menudo clandestina, convirtiendo la religión en un objeto prohibido que cada vez atrae a más jóvenes con pocas esperanzas de futuro.

Mohamad Hanif, uno de los clérigos huidos en Ngar Sar Kyu, circula entre los críos arrodillados en la madrasa del campo de refugiados de Balikhali con una caña de bambú en una mano y un texto religioso en la otra. Lee en voz alta mostrando los dientes enrojecidos por el supari, la nuez de areca que suelen mascar en la región, a la espera de encontrar eco en los pequeños. Si alguno bosteza o deja de mecerse con el ímpetu requerido durante la recitación del Corán, descarga golpes entre los pequeños.

El Islam se ha convertido en causa y estigma de una comunidad musulmana reprimida en un contexto birmano ultranacionalista, donde clérigos budistas defienden abiertamente la expulsión, cuando no el exterminio, de los rohingya. La actual ofensiva es justificada por Birmania como ‘operación terrorista’ ante un ataque rohingya que se cobró las vidas de nueve guardafronteras.

“En Arakan (Rakhine, en rohingya) el Ejército siempre ataca las mezquitas. Los líderes religiosos y los fieles más jóvenes son su primer objetivo”, explica el clérigo Hanif, de piel cetrina. “A nuestro pueblo llegaron el 16 de noviembre: muchos vecinos buscaron refugio en la mezquita. Arrestaron a una veintena de hombres. Nos preguntaban por las armas. Decían que no tenemos derecho a vivir allí, que no somos birmanos. Como no identificamos a ningún insurgente, nos torturaron. Aquel día murieron 16 personas”, dice Hanif ante el asentimiento de otro clérigo, sentado a su lado. “Dos semanas después, el Ejército volvió. Cogieron una vaca del pueblo y la llevaron a la mezquita: allí la mataron, la descuartizaron y la asaron. Cuando terminaron, defecaron en la mezquita y luego prendieron fuego a todos los ejemplares del Corán“, prosigue. “Dos días después, nos marchamos”, concluye sin mirar a la extranjera.

En Birmania los rohingya, más de un millón de personas, carecen de derechos. En 1982 la comunidad fue excluida de la Ley de Nacionalidad, relegándolos a la categoría de inmigrantes. Otra ley les impide tener, oficialmente, más de dos hijos, lo que implica que miles de niños no son registrados. Carecen de derecho a la ciudadanía, libertad de movimientos, a la propiedad, a la sanidad… En el caso de la educación, su ausencia deja en manos de los clérigos islámicos la única formación que llega a los críos, en forma de hafiz (memorización del Corán) y nociones básicas de árabe clásico.

Fuente: El Mundo

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